365.

Hace un año de todo esto y no paro de pensar que hace un año estabas aquí. Quizá por aquel 14 de marzo ya estabas empezando a estar malín, la verdad no logro recordar cuando fue el día exacto. Intento centrarme en los buenos recuerdos, pero hoy al leer la prensa y ver la fecha, fue inevitable recordar esa temporada que pasamos entre consultas y pastillas. Ese 14 de marzo no sabía que apenas un mes y medio después ya no íbamos a pasear más juntos. Te echo de menos, echo de menos todo, hasta cuando hacías alguna de las tuyas. Mi compañero, mi familia, mi amorón de 4 patas y sonidos imposibles. Hace un año estabas aquí y hoy sigues presente. Me sigo riendo al pensar que hubieras hecho o como hubieras reaccionado a cualquier situación cotidiana. Hace un año no era consiente que te quedaba tan poco, que nuestros abrazos peludos tenían los días contados. Ojalá tener uno de esos ahora mismo, ojalá ver tu carona mientras roncabas a pierna suelta, ojalá cada día, al abrir la puerta, me estuvieras recibiendo como solo tú sabías. Siempre significa siempre. Gracias amigo, familia, amorón. Mil millones de gracias mi Sancho. 

Demasiado.

La luz naranja del atardecer asoma entre los edificios del otro lado de la calle. Los días, cada vez más largos, vienen acompañados de ese calorcito que da la vida. Piensa en el tiempo, en esos casi 365 días que parecen 6500 ¿Quién nos devolverá ese tiempo?, es más ¿se puede devolver? ¿se puede recuperar como las asignaturas pasado el verano? Duda un instante, quizá no haga falta, quizá cuando todo esto pase ya no se medirá el tiempo en meses, semanas o días, sino en instantes de alegría. Demasiada purpurina para un martes, sonríe, demasiados abrazos pendientes, demasiados planes a la espera, demasiados metros de distancia. Todo se vuelve demasiado cuando se es impaciente.

Soñar.

Esta noche soñó con él y parecían felices. Nunca le gustaron las despedidas, seguramente porque no puede saber cómo van a suceder. Esa mierda del libre albedrío y su obsesión por tener absolutamente todo bajo control. Paseaban juntos al atardecer sonriendo como si la vida fuera sencilla, sin mascarilla y sin distancia de seguridad, vamos, un puto lujo. No recuerda la conversación, pero sí su risa, la brisa del mar y la puesta de sol, olor a crema solar y helado de vainilla. Todo iba sobre ruedas hasta que sonó el despertador. Volvía a ser invierno, llovía y seguía en pandemia. Un enorme vacío llenó toda la habitación. La soledad se abrió paso sin pedir permiso, la muy jodida.

Detener el tiempo.

No sabría por donde empezar, ni si quiera si sería capaz de recordar. A lo mejor es que ya no le apetece, quizá está demasiado cansado de volver a empezar sabiendo que el final será igual. Lo que realmente le apetece es ver el mar, eso es lo único que tiene claro. Ahora se pregunta porque abrió esa caja guardada a buen recaudo en el desván. La maldita caja llena de letras encarceladas en papel envejecido por el paso del tiempo y por el intento de olvido. Un último trago de su copa mientras mira por la ventana, esta soledad helada es lo que necesita ahora mismo. Detener el tiempo sin recordar por un momento.

Explicación.

Por mucho que la razón intente encontrarla, en esos casos, buscar un porqué no tiene mucho sentido. Momentos que paralizan, que golpean fuerte. La realidad se vuelve más real y no acepta nada que no sea vacío. Unos lo llaman shock, sinceramente prefiere llamarlo putadón.

Caminos.

Camina para olvidar. Su única compañía es el silencio abrumador y, por supuesto, su incansable lista de reproducción. No ha sido un buen día, a decir verdad, no ha sido un buen mes. Nunca ha sido de caminar salvo cuando era estrictamente necesario pero todo se ha vuelto del revés. Mudanzas y despedidas categóricas, una relación en pedazos y un trabajo al otro lado del país. Caminar, caminar y caminar. No pensar. No sentir. No recordar.

Soledad.

Es pedir comida para dos solo para uno. Una cuarentena en un estudio en el corazón de la capital. Escuchar la radio de madrugada. Insomnio. Echar de menos. Bailar en ropa interior. Leer. Dar vueltas a la cabeza. Un nombre. Sobras en la nevera. Una habitación de hospital. Desamor. Una copa de vino. Un mensaje en leído. Amor. Reencuentros. Placer. Soñar. Llorar. Recuperarse. Comenzar.

Adiós.

Lleva quince minutos esperando en el coche con la ventanilla abierta. Los truenos empiezan a sonar más cercanos y una ligera brisa levanta los restos de confeti esparcidos por toda la calle. Si no llega, perderán el vuelo y el reloj del salpicadero no ayuda demasiado. Sube el volumen de la radio mientras la pantalla del móvil se enciende. No hace falta escucharlo para entenderlo. Arranca y se despide en silencio, mientras la lluvia se lleva todo por delante.