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Contesta.

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La tormenta sigue y se ha ido la luz. El ruido ensordecedor de los truenos deja percibir a intervalos el silencio de la calle. Lolo, su perro, se ha metido debajo de sus piernas y no para de temblar. Intenta tranquilizarlo en vano acariciando su lomo mientras piensa en lo que le dijo antes de irse. Mira el móvil y sigue sin tener respuesta, intenta llamarlo de nuevo y salta el contestador, “se habrá quedado sin cobertura”. Se tumba en el sofá en tal posición que le permita seguir viendo el espectáculo por la ventana hasta que las últimas gotas tocan el cristal. Abre de par en par todas las ventanas de la casa ante la atenta mirada de Lolo. La luz vuelve pero el móvil sigue sin sonar, “contesta, contesta, contesta” susurra antes de volver a escuchar la voz del contestador.

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Equinoccio.

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Las flores crecen sin ningún control y el alba llega cada vez más temprano. Lola no sabe si está cansada o extasiada, pero lo mismo le da, el viento trae aromas de verano a pesar de que quedan más de noventa días para esa noche efímera. Ha desterrado los calcetines y la lana al rincón más oscuro, liberando al fin el color junto con los vaqueros ligeramente rotos por la doblez de las rodillas. ¿Zapatillas de verano en primavera? Las ganas pueden con todo, incluso con el sueño plomizo que arrastra desde aquel 20 de marzo a las 22:58. Todo está en su sitio: ríos de terrazas inundando las calles, paseos de entretiempo y, ¿por qué no?, Cupido acechando en cada esquina.

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Tata.

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“No te mires los pies” . La voz de su abuela resuena cada vez que lo hace. Mala costumbre y difícil de corregir a estas alturas. Sonríe. Aprieta los puños y fija su mirada en en las nubes casi oliendo el salitre de las tardes soporíferas de la costa. Infancia. ¡Parece que han pasado siglos! El mar, olor a plástico nuevo de sus cangrejeras recién estrenadas y la mano de su Tata. Todo era más sencillo por entonces y, lo peor es que por mucho que se esfuerce, lo único que recuerda (y pocas veces) es su voz. Si solo le queda ese vestigio, se aferrará a él con la misma fuerza con la que apretaba su mano al cruzar. “Algo es algo” se dice mientras intenta no pisar las franjas blancas del paso de cebra.

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Entrometido.

Baja los peldaños de dos en dos. Es una manía que no ha perdido desde que tiene memoria y se escondía tras las puertas para escuchar conversaciones ajenas. Siempre fue un entrometido, bueno, siendo sinceros, aún lo es. ¿De qué otra manera hubiera conseguido ser un escritor de tal renombre? Y ahí lo tienes, con casi 78 inviernos y bajando parejas de escalones, sin perder esa mirada analítica y penetrante digna de un gran creador de historias.  

Baja los peldaños de dos en dos. Es una manía que no ha perdido desde que tiene memoria y se escondía tras las puertas para escuchar conversaciones ajenas. Siempre fue un entrometido, bueno, siendo sinceros, aún lo es. ¿De qué otra manera hubiera conseguido ser un escritor de tal renombre? Y ahí lo tienes, con casi 78 inviernos y bajando parejas de escalones, sin perder esa mirada analítica y penetrante digna de un gran creador de historias.  

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Bucle.

Es lunes. Noviembre. Son las 7 de la mañana y no puede evitar despertarse a pesar de que es su día libre. La luz de la farola aún entra por la ventana pero no puede estar más tiempo en la cama. El sonido de la vieja radio se mezcla con el de la cafetera de la misma edad. Lee la prensa en la tablet mientras desayuna. Política y más bla bla bla. Su mirada pasa por encima de la sección cultura: exposiciones, teatro, cine, fotografía. Último sorbo al café. Está amaneciendo y empieza a llover. Decide volver a la cama, total hace frío y es demasiado temprano. Suena el busca. ¡Mierda! Ducha rápida y en marcha. Había olvidado que el coche estaba en el taller, pero tiene tanta prisa que no puede esperar un taxi y decide ir en bici aunque la lluvia es especialmente intensa en ese momento. Gira a la derecha en el cruce y, cuando está a punto de atravesarlo, un coche aparece de la nada. No hay tiempo. Es lunes. Noviembre. Son las 7 de la mañana y no puede evitar despertarse a pesar de que es su día libre. La luz de la farola…

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Volver.

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Recuerda su vestido verde. Verano del 95. El último antes de la universidad.  Todo era sencillo: helados y hogueras en la playa, promesas eternas y puestas de sol. Ella. ¿Por qué ha vuelto? Quizá nunca se haya ido del todo. Quizá siga en ese rincón impregnado de salitre que conforman los recuerdos de amores pasados. Acantilados de atardeceres perpetuos donde hacía años que no paseaba. Si se concentra puede recordar su olor, incluso puede ver la arruga que se le forma al sonreír. Ojalá poder volver para nunca marcharse.

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Hortelano.

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No interesa. Habría agotado al mismísimo perro del hortelano. Nunca se debería quedar con los “y si”, pero no puede evitarlo. Indeciso de nacimiento y, casi, por convicción, aunque suene contradictorio. Así es. Padece de tortícolis sentimental y enamoramiento instantáneo, junto con la innata capacidad de tropezar con la palabra miedo continuamente. Tiene matrícula en recelos con máster en pánico. Cum Laude en perder oportunidades. Maldice por dentro esa cobardía suya, pero sigue erre que erre con esa manía de ni comer ni dejar comer.