Bucle.

Es lunes. Noviembre. Son las 7 de la mañana y no puede evitar despertarse a pesar de que es su día libre. La luz de la farola aún entra por la ventana pero no puede estar más tiempo en la cama. El sonido de la vieja radio se mezcla con el de la cafetera de la misma edad. Lee la prensa en la tablet mientras desayuna. Política y más bla bla bla. Su mirada pasa por encima de la sección cultura: exposiciones, teatro, cine, fotografía. Último sorbo al café. Está amaneciendo y empieza a llover. Decide volver a la cama, total hace frío y es demasiado temprano. Suena el busca. ¡Mierda! Ducha rápida y en marcha. Había olvidado que el coche estaba en el taller, pero tiene tanta prisa que no puede esperar un taxi y decide ir en bici aunque la lluvia es especialmente intensa en ese momento. Gira a la derecha en el cruce y, cuando está a punto de atravesarlo, un coche aparece de la nada. No hay tiempo. Es lunes. Noviembre. Son las 7 de la mañana y no puede evitar despertarse a pesar de que es su día libre. La luz de la farola…

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Volver.

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Recuerda su vestido verde. Verano del 95. El último antes de la universidad.  Todo era sencillo: helados y hogueras en la playa, promesas eternas y puestas de sol. Ella. ¿Por qué ha vuelto? Quizá nunca se haya ido del todo. Quizá siga en ese rincón impregnado de salitre que conforman los recuerdos de amores pasados. Acantilados de atardeceres perpetuos donde hacía años que no paseaba. Si se concentra puede recordar su olor, incluso puede ver la arruga que se le forma al sonreír. Ojalá poder volver para nunca marcharse.

Hortelano.

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No interesa. Habría agotado al mismísimo perro del hortelano. Nunca se debería quedar con los “y si”, pero no puede evitarlo. Indeciso de nacimiento y, casi, por convicción, aunque suene contradictorio. Así es. Padece de tortícolis sentimental y enamoramiento instantáneo, junto con la innata capacidad de tropezar con la palabra miedo continuamente. Tiene matrícula en recelos con máster en pánico. Cum Laude en perder oportunidades. Maldice por dentro esa cobardía suya, pero sigue erre que erre con esa manía de ni comer ni dejar comer.

Rebelde.

 

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Rebelde como aquella flor que quiere salir de entre las grietas del hormigón y se niega a seguir al resto. Necesita sentir la libertad de volar sola, sin perder esa fragilidad de saber que todo puede acabar en cualquier instante. Efímero pero trepidante. Su momento de gloria es ese y nada se lo puede arrebatar. No niega su esencia, sólo se ha cansado de asumir su sino.

Lugar.

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Cierra los ojos y vuelve a ese lugar. Su lugar. Pasea entre el verde y puede sentir la hierba rozando sus tobillos. El ambiente está impregnado de ese olor mágico que deja tras de sí una tormenta. Puede incluso que esté atardeciendo y que sea una tarde de septiembre, aunque puede variar. Las montañas rozan el cielo y las nubes forman frases indescifrables para el resto de los mortales, pero en su cabeza todo tiene sentido. “Próxima estación: Príncipe Pío, correspondencia con: línea 10, cercanías Renfe y Ramal Ópera-Príncipe Pío”. Abre los ojos y el paisaje no puede ser más diferente. Sale del metro pero, esta vez, con la tranquilidad que supone saber que volver a ese lugar está a tan sólo un parpadeo.

Eterno.

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Todos los marzos plantaba esas flores en el mismo sitio del jardín, según decía es “porque a él le encantan”. Hace ya 8 años que hace lo mismo, ¿pero qué queréis? es su mejor amigo. Sí, es, no era, no le gusta hablar en pasado. Quizá a muchos hacer este ritual  les parecería demasiado si supieran que ese homenaje es para su perro. Su Napoleón. Su compañero. Un día le dije que me parecía injusto que ellos vivieran tan poco en comparación a nosotros, y él, muy serio, me contestó “si fueran eternos no serían tan especiales”. No quise replicarle, ¿para qué? sus casi 8 décadas no necesitaban que nadie les llevara la contraria.

El siguiente marzo pasé por allí  y no había flores nuevas. No podía ser. Me acerqué y pude verlo: un pequeño olivo estaba plantado en el mismo sitio. Por fin juntos.

Libertad.

IMG_20180601_230805_448Duerme la siesta en la hamaca del jardín. Sus pies tocan ligeramente la hierba mal cortada. La brisa trae el olor a salitre. Son las 5 y a pesar de que está de vacaciones vuelve a sonar su móvil. Se acabó la siesta. -Qué sí. Qué lo sé. Me pondré a ello. – Mierda. Le había prometido un helado y un paseo en bici hasta el faro. Mario por enésima vez desde que llegaron le dice que lo entiende y que se encarga de explicárselo a la niña.  Y ahí se queda frente al ordenador viendo como se van. Antes solían discutir cuando ocurría esta situación pero creo que ya se han cansado: él porque cree que no tiene sentido y ella porque cree que no lo iba a entender. No es la primera vez que se ha planteado dejar el trabajo y montar esa pequeña librería que soñaban los dos hace años, antes de tener a Carla y de conseguir el ascenso. Mira por la ventana el atardecer. Está decidido. Corre a por la bici. De camino vuelve a sonar el móvil, otra vez, cansada lo mira y, sin pensarlo dos veces, lo lanza por el acantilado.