Detener el tiempo.

No sabría por donde empezar, ni si quiera si sería capaz de recordar. A lo mejor es que ya no le apetece, quizá está demasiado cansado de volver a empezar sabiendo que el final será igual. Lo que realmente le apetece es ver el mar, eso es lo único que tiene claro. Ahora se pregunta porque abrió esa caja guardada a buen recaudo en el desván. La maldita caja llena de letras encarceladas en papel envejecido por el paso del tiempo y por el intento de olvido. Un último trago de su copa mientras mira por la ventana, esta soledad helada es lo que necesita ahora mismo. Detener el tiempo sin recordar por un momento.

Explicación.

Por mucho que la razón intente encontrarla, en esos casos, buscar un porqué no tiene mucho sentido. Momentos que paralizan, que golpean fuerte. La realidad se vuelve más real y no acepta nada que no sea vacío. Unos lo llaman shock, sinceramente prefiere llamarlo putadón.

Caminos.

Camina para olvidar. Su única compañía es el silencio abrumador y, por supuesto, su incansable lista de reproducción. No ha sido un buen día, a decir verdad, no ha sido un buen mes. Nunca ha sido de caminar salvo cuando era estrictamente necesario pero todo se ha vuelto del revés. Mudanzas y despedidas categóricas, una relación en pedazos y un trabajo al otro lado del país. Caminar, caminar y caminar. No pensar. No sentir. No recordar.

Soledad.

Es pedir comida para dos solo para uno. Una cuarentena en un estudio en el corazón de la capital. Escuchar la radio de madrugada. Insomnio. Echar de menos. Bailar en ropa interior. Leer. Dar vueltas a la cabeza. Un nombre. Sobras en la nevera. Una habitación de hospital. Desamor. Una copa de vino. Un mensaje en leído. Amor. Reencuentros. Placer. Soñar. Llorar. Recuperarse. Comenzar.

Adiós.

Lleva quince minutos esperando en el coche con la ventanilla abierta. Los truenos empiezan a sonar más cercanos y una ligera brisa levanta los restos de confeti esparcidos por toda la calle. Si no llega, perderán el vuelo y el reloj del salpicadero no ayuda demasiado. Sube el volumen de la radio mientras la pantalla del móvil se enciende. No hace falta escucharlo para entenderlo. Arranca y se despide en silencio, mientras la lluvia se lleva todo por delante.

Tren.

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Si normalmente el último vagón está vacío, hoy domingo, aún más. Se moría por volver y ahora las dudas recorren su mente como un pequeño parásito. Demasiadas horas sin café y sin conexión a Internet. Debería aprovechar ese momento para encontrar tranquilidad, pero está a años luz de ese estado. Los auriculares son tan mediocres que apenas logra concentrarse en los diálogos de la posiblemente peor película que se haya producido jamás. ¿Demasiado pesimista? Puede ser. Alguien se sienta a su lado, “¡Joder! Mira que hay sitios libres”. Intenta centrar la mirada en la pantalla y nota que le tocan el brazo. Ve una mano arrugada con tres bombones en la mano, “No, gracias” acierta a decir sin girarse. El trayecto sigue y justo cuando se estaba quedando dormida escucha un: “Pareces triste”. No aguanta más y se gira con ganas de descargar toda esa ira que lleva dentro, pero en vez de hacer eso, nota que las lágrimas empiezan a brotar sin ningún control. Sin articular palabra acepta el pañuelo de esa misma mano extraña y ambos se terminan la caja de bombones.

Cuestión de colores.

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Existen infinitas tonalidades de días, los hay rojos, morados, azules e incluso multicolor. Pero hoy es negro. No hay una explicación sensata o comprensible, pero se ha despertado oscuro y no le gusta. Odia cargar esa ira contra quien no lo merece, pero no puede evitarlo y a pesar de que sabe el negro es tan solo un color le cuesta ignorarlo. Quizá sea justo sentirse así o quizá no, todo es borroso y casi imperceptible. La parte buena es que sabe que la paleta de colores está dispuesta, aunque tenga que esforzarse muchísimo por usarla. Mejor será cerrar los ojos como cantaban los Beatles o poner a todo volumen Revolution y saltar sobre la cama. Mañana será otro día, eso es lo jodidamente maravilloso.